Madrid, Infomadrid, 30-3-2010.- Esta mañana, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, ha presidido la solemne Misa Crismal en una Catedral de la Almudena abarrotada de fieles –religiosos, religiosas y laicos- y que ha sido concelebrada por el Nuncio de Su Santidad en España, los Obispos Auxiliares de Madrid, el Cabildo Catedral, los Vicarios General y Episcopales y más de 600 sacerdotes del presbiterio diocesano.

Ha comenzado su homilía señalando que “hoy nos conviene de nuevo, ante el momento actual que vive la Iglesia y que vive la consideración de nuestro sacerdocio, volver la mirada en este Año Sacerdotal, junto al Santo Padre -al que nos sentimos muy unidos precisamente en estos días en que es tan ofendido y tan atacado-; mirar a la figura del sacerdote tal y como la ha querido el Señor. Y como instrumento de su amor y de su espíritu”. Para el Cardenal, “el Espíritu Santo es el que centra hoy la visión del sacerdocio, pero en relación estrecha con ese corazón de Jesús, con ese Cristo y con el misterio de su Pascua, del que surge esa efusión del Espíritu que invade la Iglesia y nos configura a todos como creaturas de Dios, Hijos adoptivos de Dios con una vocación, que es la de la santidad y la de la gloria”.

Ha explicado que “sacerdote, en la más novísima teología y en el magisterio que la ha alentado e iluminado desde el Vaticano II, pasando después por todos los documentos, aparece como el servicio que reciben algunos hijos de la Iglesia por vocación y llamada que, después, encuentra firmeza y don en el Sacramento del Orden, en la consagración recibida, para representar a Cristo como cabeza y sacerdote y pastor de la Iglesia”. “Esa forma visible, ha añadido, nos obliga a todos los sacerdotes a vivir nuestro sacerdocio como si fuere expresión visible y permanente del amor de Cristo o, de lo que es lo mismo, de la efusión del Espíritu Santo”. Y es que, ha proseguido, “somos ministros de la Palabra del Señor, somos ministros de sus sacramentos, somos los encargados de llevar a los fieles por el camino de la gracia y de la santidad. Y todo esto tenemos que llevarlo a cabo, vivirlo y realizarlo en medio del mundo; en medio del combate del mal que nos afecta a nosotros mismos y nos tienta como a todos los hijos de Dios y como a toda la humanidad. Que nos invita, por lo tanto, una y otra vez, a mirar a nuestras debilidades, a nuestros pecados y a nuestras infidelidades, y a saber acudir a Ese que lleva, desde la cruz, un corazón traspasado por la lanza del soldado y del que brota sangre y agua y, por lo tanto, amor misericordioso, sobreabundante, que inunda al mundo, anima al corazón de los hombres a pedirle perdón, a arrepentirnos, a cambiar de vida, a convertirnos y a emprender decididamente el camino de la santidad”.

En referencia a la carta del Papa con motivo del Año Sacerdotal, dijo que en ella el Santo Padre “nos recomienda profundizar en nuestra vida espiritual a no descuidarla, a mimarla. Y lo vuelve a hacer en la carta que ha dirigido a los católicos de Irlanda. Es la clave para que nuestra vida sea una vida en la que el amor de Cristo quede reflejado y servido por nuestro testimonio y el ejercicio de nuestro sacerdocio”.

Así, prosiguió, “la práctica de la confesión sacramental, la dirección espiritual, la oración diaria, el rezo del breviario transido de piedad personal y de afecto y de amor personal a Cristo, son la clave de nuestra fecundidad. Y también son la clave para que, después, esa fecundidad interior que se expresa en la Palabra y en los Sacramentos llegue a los fieles de una forma también personal y subjetiva mente convincente, porque le servimos; les servimos también a ellos para que encuentren el camino de la misericordia de Cristo, del perdón, de la penitencia, de la gracia y de la santidad. Todos estamos llamados a vivir nuestra vida con una vocación a la santidad. Y todos padecemos la misma condición, aún después de nuestro Bautismo: la de sentirnos tentados y combatidos por los poderes del mal, por el misterio de la iniquidad. Y todos necesitamos sentir muy cerca y muy visiblemente el amor de Cristo para poder caminar por el camino de la vida hacia la gloria y la salvación. Y con nosotros, el mundo”.

Y es que, señaló, “no es el caso de pensar que el destino de la sociedad puede apartarse del amor de Cristo. Si así lo hace, el camino de la historia será malo, estará empedrado de dificultades y de dolor, como lo vemos constantemente en nuestro tiempo: los problemas del paro, de la familia, de la infancia, de la juventud, del hambre en el mundo… en tantos problemas que afligen a la humanidad de nuestro tiempo. Sí, todos necesitamos caminar hacia el Cristo de la Cruz y hacia el Cristo de la Gloria”.

La Cruz de la JMJ
En su homilía, el Cardenal también hizo alusión a la Cruz de la JMJ que, desde el pasado mes de septiembre, ha estado peregrinando por la diócesis de Madrid, y que mañana estará presente en la celebración del Vía Crucis, en la Plaza de Oriente, antes de comenzar su peregrinación por las diócesis de Getafe, Alcalá, y por las demás diócesis españolas, hasta la celebración de la JMJ en Madrid, en agosto de 2011. Para el Cardenal, “la Cruz de Cristo caminará y peregrinará por toda España teniendo como momento culminante el segundo domingo de agosto en la peregrinación a Santiago de Compostela. Y luego, el momento final, en la Jornada Mundial de la Juventud de la tercera semana de agosto del año 2011”. “Es una peregrinación, más que un paseo triunfal. Es un camino, un itinerario pastoral, en el que la oración, la plegaria y la súplica marcan la actitud de los jóvenes, e invitan a toda la iglesia a seguir a Cristo. Es como una invitación que el Papa pone en nuestro camino, y la iglesia con él, para recordarnos que no hay ni cambio, ni vida, ni conversión, sin abrazo a la Cruz; que no hay renovación ni regeneración a fondo de la vida cristiana y, por lo tanto, camino de santidad, si no bebemos del amor de Cristo, y si no lo hacemos a través de su palabra y de sus sacramentos, el sacramento de la penitencia, de una forma muy especialmente necesaria para toda la iglesia, también para todos los sacerdotes y los obispos”.

Por ello, invitó a “pedir a la Virgen que los sacerdotes nos mantengamos firmes, al lado de Cristo”, porque “a todos nos pide el Señor fidelidad. Y nos lo pide a través de la fórmula del celibato sacerdotal: nadie está obligado a prometerlo desde el punto de vista humano, de las presiones humanas, y todos, tanto los consagrados como los sacerdotes del clero secular, a los que nos vincula la ley del celibato, pero libremente aceptada, gloriosamente acogida; y siempre intentando ser vivida fielmente como una expresión de nuestra entrega y como un medio y una fórmula para hacer, de nuestra vida, una vida de caridad pastoral, de caridad de pastores de la Iglesia que llevan a los hombres el amor y la caridad de ese Supremo Pastor, que es Cristo”, concluyó.

– Delivered by Feed43 service