Mie 2 Jun 2010
Madrid, Infomadrid, 1-6-2010.- La Catedral primada de Toledo acogió el pasado jueves las solemnes Vísperas de inauguración del Congreso Eucarístico Nacional. Presididas por el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, en su homilía explicó que este Congreso “se desarrolla en el Año sacerdotal proclamado por el Papa Benedicto XVI para toda la Iglesia con motivo del 150 Aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars. El Papa nos ha recordado insistentemente que este Año sacerdotal tiene como finalidad favorecer la tensión de todo presbítero hacia la perfección espiritual de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, y ayudar ante todo a los sacerdotes, y con ellos a todo el pueblo de Dios, a redescubrir y fortalecer más la conciencia del extraordinario e indispensable don de gracia que el ministerio ordenado representa para quien lo ha recibido, para la Iglesia entera y para el mundo, que sin la presencia real de Cristo estaría perdido”. Y es que, afirmó, “no debemos olvidar -hoy menos que nunca- que la seguridad para el hombre de poder acercarse al verdadero y definitivo Altar de Dios, en el que se ha consumado la salvación del mundo, depende decisivamente del ministerio sacerdotal que se realiza en la Iglesia substancialmente como ministerio Eucarístico”.
“El sacerdote, explicó, es el ministro del Sacrificio y de la Comunión de su Cuerpo y de su Sangre, el ministro de su amor misericordioso derramado en la Cruz y victorioso en la Resurrección: ¡fuente de la alegría perenne por la que se rejuvenece constantemente la vida nueva recibida por el cristiano en el Bautismo… La validez sacramental del ministerio sacerdotal no está condicionada por la santidad del ministro ¡pero, su fecundidad espiritual, sí, en una gran medida! Del grado del fervor en la vida de piedad eucarística de los sacerdotes y de su consecuente reflejo en el estilo de su entrega pastoral a sus hermanos depende en la realidad de su existencia diaria el que se acerquen con verdad al Altar del Señor y, por tanto, el que permanezcan y crezcan en el don y experiencia de la auténtica alegría: en la alegría que vence al mundo”.
Recordó que “la presencia del Señor en el Sacramento de la Eucaristía es una presencia misteriosa pero real y auténtica”. “He aquí el gran servicio del ministerio sacerdotal siempre y, especialmente hoy, en estos tiempos tan tocados de desaliento, escepticismo y tristezas: ser ministros de la alegría auténtica, animando y acompañando a todas nuestras comunidades cristianas en un renovado acceder con el corazón abierto al amor del Sagrado Corazón de Jesús presente en la Eucaristía. Y la fórmula espiritual y pastoral será la que nos han mostrado tantos sacerdotes santos que han ofrecido sus vidas a Cristo en medio de las más duras y difíciles pruebas, testimoniando su amor a Cristo y la gracia de su Evangelio con una vida sencilla, sacrificada, silenciosa, donada sin reservas a Jesucristo y a los hombres que les fueron confiados”. Y citó a San Juan de Ávila y San Juan María Vianney que, “testimoniando la fidelidad al Evangelio, asumido incondicionalmente, buscaron atraer a todos a la comunión del Cuerpo de Cristo para que también en el mundo de hoy se refleje y actúe el amor divino y se mantengan abiertos los surcos de las conciencias para la simiente espiritual y moral de la vida, de la justicia, de la solidaridad y de la paz”.
“Los sacerdotes, prosiguió, ministros del altar y del pueblo, hemos recibido en nuestra ordenación un Espíritu de santidad para servir a la Iglesia santa… Lo aprendemos en la escuela de la oración: oración litúrgica, como corresponde a los compromisos asumidos en nuestra ordenación; y oración personal, ya que el encuentro con Cristo provoca la orientación de toda nuestra existencia a vivir según su santa voluntad para la gloria de Dios. Con nuestra oración, las comunidades cristianas a las que servimos llegarán a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón”.
Para el Cardenal “este Congreso constituye una renovada invitación a dar gracias a Dios por nuestro ministerio y por el don supremo de la Eucaristía que hay que acoger con devoción y adorar con fe viva. Somos ministros del Sacramento que edifica la Iglesia. Sin Eucaristía no hay Iglesia, y sin sacerdotes no hay Eucaristía”. “El testimonio de sacerdotes alegres en su ministerio, señaló, da fruto no sólo en la vida espiritual de los fieles, sino que también suscita nuevas vocaciones entre los jóvenes”. “Conscientes del papel insustituible en la vida de la Iglesia que tiene el servicio de los ministros, no podemos escatimar esfuerzos para alentar las vocaciones sacerdotales y subrayar ante los fíeles el verdadero significado y la necesidad del sacerdocio”.
Afirmando que “merece la pena entregar la vida por Cristo”, recordó la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Madrid en agosto del 2011, con el lema “«Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7), con la que hay que “invitar a los jóvenes del mundo a acercarse al Señor Jesús con corazón sincero para robustecer su fe”.
Pidió a la Virgen María, “modelo perfecto de nuestra propia existencia”, que “nos ayude a venerar con hondo amor la Carne y Sangre de Jesús que ella misma tuvo en sus entrañas. Que toda la Iglesia, contemplando el tesoro que también Ella lleva en su interior, pueda presentar al mundo a Jesucristo como alimento y bebida de vida eterna”, concluyó.